miércoles, 7 de diciembre de 2016

LOS PAYASOS DE LA TELE (SIN DOBLEZ)

(El título puede inducir a error, pero no tengo intención de comentar Gran Hermano ni Sálvame o cualquier "tertulia" de intelectuales catódicos o "pdotestantes"). 
Los Gaby, Fofó y Miliki (and sons) tenían la costumbre, no diré manía, de regalarnos sus canciones al final del programa, un regalo envenenado, aunque seguro que sin malicia. Los niños coreaban los estribillos de memoria y tras la apoteosis llegaban los acordes del chim-pón con alguna variante armónica musicalmente apreciable, dicho sea de paso, que no todo iba a ser dudoso.
Todas empezaban con un introito instrumental, a modo de llamada de atención, y ocho compases después (como mandan los 40 principales) venía el desparrame de letras ridículas, rimas sin leyendas y mensajes sin codificar. Haré un listado de aquellas que recuerdo, adaptada su interpretación a nuestros días:
"Cómo me pica la nariz": Un pobre niño sufre de hipersensibilidad en el apéndice del apéndice nasal, lo cual le impide hacer vida normal. Años después fue revisada por "Siniestro total", trasladando el picor a zonas  más o menos nobles, que casi dan al traste con la carrera espacial, ahí es nada.
"La gallina Turuleta" (o Turuleca, según versiones y calidad del altavoz de la tele): Manual de explotación animal reflejado en la triste vida de una gallina forzada a poner huevos sin descanso.
"Los días de la semana": A una niña se le arranca su infancia y se verá abocada a acudir al psicólogo por culpa de la insistencia de sus padres en convertirla en ama de casa, aunque parece que su propia madre pasaba de esas mismas tareas y de su padre ni te cuento. Si después de una semana plagada de infortunios y tareas domésticas pero nunca escolares le tocaba rezar, la imagino agnóstica perdida además de inculta. Al menos los padres no asistirían a manifestaciones en contra de los deberes, que bastantes tenía la infausta criatura. (Los de IKEA piden que no los pongamos para disfrutar de las cenas, excepto si el padre trabaja en IKEA y llega  a las tantas o es un cándido comprador de la cadena sueca y tiene deberes como montar el mueble "quetechinguen", con lo que tomará las albóndigas congeladas o pasadas por el microondas).
"El auto de papá": Más que un auto sacramental es un auto demencial. El padre corre que se las pela, pasa de autovías y pone a prueba la suspensión hasta el vómito en carreteras comarcales, aunque insiste en que van de paseo (más bien parece paseíllo). Eso sí: como llevan torta, que es tarta, les importa una higa. Y mucho egocentrismo: que si papapá, y que si pipipí, normal si no paran ni a estirar las piernas.
"Susanita": Un acercamiento a la sexualidad femenina en sus albores, con la figura retórica del ratón chiquitín (que los psicoanalistas interpretan como lo interpretan, convirtiéndolo en roedor más grande).
"Porompompón, Manuela". La niña que no tenía tiempo ni para jugar con el ratón se hace mujer y, cómo no, ama de casa. Manolita es ahora Manuela y cocina que da gusto, lo cual provoca la felicidad de su marido, al que auguramos unos análisis de sangre y orina con más asteriscos que las instrucciones de una teleoperadora para activar el roaming. Al menos, con tanta tarea doméstica, se quedaría en casa sin tener que soportar los baches del auto de papá, que además era feo. 
"Los músicos/instrumentos (de tortura)": No hay payaso que se precie que no sepa tocar un instrumento musical, pero no gracias a las recomendaciones de nuestros queridos payasos. Si toco la trompeta, tarataratareta. Si toco el clarinete, teretereterete...  La única versión real parece la del tambor, que suena porromporrompompom, y eso no lo arregla ni Wagner. Parecía imposible superar el "changlipungli" de la guitarra en "Yo soy un artista",  una canción más antigua, pero Gaby y cía lo lograron con creces. Y eso que eran músicos de honores. Yo también era soldado distinguido en la mili por tocar el bombo en la banda del cuartel, así que no sería para tanto.

Pd.- Algunos ven en "Susanita", "Manuela" y "La niña que se hizo funcionaria para compensar" una versión moderna de Cenicienta. Ya lo dijo el torero: hay gente pa tó.


lunes, 5 de diciembre de 2016

LA TELE QUE NOS EDUCÓ Y OTROS JUGUETES DEL PLEISTOCENO SUPERIOR.

Uno de mis alumnos me preguntó hace unos días qué hacíamos para divertirnos cuando no había más que dos canales de TV, no teníamos internet, videoconsolas ni móvil. Me hizo gracia la cuestión, y respondí tan brevemente como soy capaz:
-Lo mismo que tendríais que hacer vosotros: jugar con otros niños.
Ya sé que hoy en día jugar en la calle no es tan frecuente, y que los niños del barrio son ahora "los de mi parcela", gracias a arquitectos y constructores que optimizan (en cuestiones más monetarias que físicas) los espacios cada vez más escasos que permite el urbanismo municipal, reduciendo el campo de juego al hueco interior que se respeta en cada bloque para ocio del vecindario parcelario y minifundista.
Hasta los seis años viví en un barrio donde casi todos teníamos mote, ya fuera por la profesión del padre (las madres tenían una de la que no han podido escapar actualmente aunque también trabajen fuera de casa, lo cual no arrojaba información útil para identificarnos) o por alguna peculiaridad, como "el cojo", "el rubio" o "la huérfana", motivo por el que hoy nos tildarían de sexistas, fachas o etc. Así había un carnicero, una sastra (mucho antes de la moda pseudolingüística), una peluquera, un carbonero o un barbero, que era el peluquero para hombres incluso imberbes.  Mi madre, sin ir más lejos, era "la rubia del milquinientos" y mi padre "el de la caja", "el pescador" o "el cazador" (según la temporada, como el precio del pescado y el marisco en los restaurantes). Como además las familias numerosas eran numerosas o muchedumbrosas teníamos más amigos y a veces enemigos. 
Desde que mis hermanos y yo salíamos del colegio de las Huelgas (no por nada relacionado con el absentismo, sino por la orden monástica a la que pertenecían aquellas sores de las que sólo veíamos la cara y en muchas ocasiones las manos rápidas y contundentes) hasta entrar en casa pasaba un buen rato. Mi madre nos bajaba la merienda, un bollicao de la época, mucho menos insípido, con pan y chocolate de verdad y jugábamos en la pista de baloncesto, no necesariamente al baloncesto, del cuartel de intendencia que había al otro lado de la calle-carretera, por la que transitaban con su mansedumbre ovejas que dejaban aceitunas en el verde (mi hermano me convenció de que lo eran, pero desde aquel trago amargo jamás volví a confundirlas). Otras veces nos adentrábamos en el refugio (para indigentes) junto al Esgueva, el río transexual que se hizo "la" Esgueva gracias a algún cirujano etimólogo. Allí gasté mi primera vida de hombre gato, tras caer y ser rescatado por Fernando, mi hermano, y Luis Alberto, un vecino ganso (cualidad heredada de su madre, Carmina) y siempre dispuesto a gamberrear dentro del orden que marcaban las manos raudas de su padre, hermano de dos de las monjas que nos educaban. 
Después de sudar la merienda, subíamos a casa y poníamos la tele, que tenía dos canales: el de toda su corta vida desde que se había instaurado en España y el UHF, la 2 actual, al que accedíamos cambiando una clavija en el voltímetro (eso es lo que recuerdo, aunque no encuentre relación entre el voltaje y la frecuencia o la amplitud de onda). En este ponían dibujos animados europeos, que solían ser de todo menos dibujos, más bien muñecos, collages o rarezas que hoy hacen las delicias de los frikis, tan modernos ellos, y que acababan con un koniek, el the end de la pobre Europa de los dictadores, y de Polonia en concreto, por lo que supe después. Luego llegaron los de Disney, Hanna-Barbera, Warner bros (que era brothers, otro descubrimiento posterior) y mucho más tarde los japoneses, que nos sacaban risas disimuladas cuando Afrodita, la "novia" de Mazinger Z, disparaba sus misiles pectorales y se quedaba mastectomizada para el resto del episodio (en eso los japoneses eran muy fieles y no daban posibilidad de tomas falsas de racord). 
De entre todos ellos sobresalían (no me explico por qué) los payasos de la tele: Gaby, Fofó y Miliki, a los que se sumaron los hijos, Fofito y Milikito, que era como el mudo de los hermanos Marx pero sin gracia alguna (su primo hablaba, lo que era mucho peor). Después de llorar con las vicisitudes de Marco y Heidi, precursores del culebrón sudamericano, reíamos (yo no, pero supongo que alguien lo haría) con los tartazos, los golpes y los chistes facilones, incluso para críos, de la trouppe del circo de TVE, a la que se sumaba el pobre Fernando Chinarro, un actor que se encasilló, como Resines, haciendo de sí mismo. (Mi hermana pequeña, Marta, cuenta que una tarde le vio con el resto del plantel de "Los serrano" en un bar de Madrid, tomando cañas, y que se sintió como invitada a la grabación de un capítulo porque por lo visto, o estaban repasando sus respectivos papeles o es que realmente eran así).
El momento estelar de aquella constelación lejana era la canción final, que merece capítulo aparte (será el próximo, al que mi verborrea ha dejado sin espacio, pese a mi primera intención).
No quiero olvidarme de un programa que me encantaba y que trasmitían, creo, los viernes y ejercía en mí de motivador para los partidos que jugábamos en el colegio los sábados: Torneo, presentado por Daniel Vindel, que organizaba competiciones deportivas entre colegios de todo el país. Aún rememoro con cierta envidia la final de atletismo, en la que participaban mis compañeros de curso, qué tíos, saliendo por la tele un día y en clase o el patio conmigo el lunes: Zuasti, Astorqui, Piera, Oporto... y mi aún buen amigo Núñez, "el hombre tranquilo", que desde su actual domicilio allende el océano esbozará una sonrisa. ¡Cómo disfruté aquél día, coño, viéndoles correr, saltar, lanzar, aunque por un tropezón o algo así no pudieran vencer! Gocé mucho más aquel solo viernes que con los payasos de la tele en todos sus sábados.

Pd.- Dedicado, como prometí, a todos los que os habéis tomado la molestia de compartir en Facebook mi anterior entrada o darle al me gusta: Carmen Conde, Sonia Rodríguez, Pilar Ortega, Pilar Franco, Lorena "Nena", Begoña Alonso, Consuelo Meza, Raquel Del Val, Raquel Alonso, Raquel Lanseros, María Melero, Montserrat Rodríguez, Montserrat Luezas, Ana Soria, Santiago Rodríguez, Pencho Herrero, Javier “Magasax”, Javier García, Juan Carlos González y Ángel López, in order of appearance (según me consta), como en los créditos de las pelis que acaban con "the end" y no koniec.



sábado, 3 de diciembre de 2016

REAL DE STOP O MANNEQUIN CHALLENGE (P´A HABERLO SABIDO)


Cuando era pequeño solíamos jugar al “real de algo”, ya fuera “de alto”, “de stop”, “de pillar” o variantes similares. Supongo que real era sinónimo de juego. No había entonces, o no se manifestaban, los alternativos así que no se planteó modificar el nombre por “republicano de stop”, ni siquiera en los colegios “del estado” cuando dejaron de ser gobernados por la mano férrea, temblorosa en sus últimos tiempos, del caudillo. Así éramos de conformistas, o poco reivindicativos, los niños de entonces, pobres de nosotros, sin nintendos ni playstations, abocados a ver a Gaby, Fofó, Miliki y sus secuaces (esos hijos enchufados) en la única y bifurcada cadena de televisión que además era pública y doctrinal, con sus mensajes políticamente incorrectos, en los que una niña no podía jugar porque tenía que barrer y rezar, una gallina era exprimida, un ratón se alimentaba de dulces sin consultar a su dietista o unos chalados conducían un coche que no había pasado la ITV, “pero no me importa, porque llevo torta”, vaya con los letristas y sus justificaciones. La cosa consistía en jugar, que pensar era para los mayores (los menores de hoy en día no dejan de ser calcomanías o “calcamonías” de sus padres y la tele que ven o la prensa que leen estos). Hoy mismo he asistido sin asombro a la transustanciación de “el país” al convertirse en “el mundo”, refiriéndose a un padre que pide ayuda para su hija, que padece una enfermedad rara, algo sospechoso para los primeros y diáfano para quienes suelen sospechar de todo y “se documentan”, huelga decir que los segundos. También existía “la cadena”, o “policías y ladrones” (“polis y cacos” de hoy) que, siendo un colegio masculino, no contemplaba, afortunadamente, la variante guay de “polis y cacas” (aún no he leído nada sobre cacofonías anti-feministas).
Viene esto al caso, si viene, porque recientemente alguien ha inventado lo que llaman “mannequin challenge”, que consiste en grabar un vídeo con personas inmóviles y colgarlo en la ubicua red para cosechar “megustas” y ganar no sé qué premio. Habría que recordar a los preclaros inventores del asunto que eso ya estaba inventado, solo que sin grabación, porque pocos tenían una cámara de super-ocho (la de mi padre era de ocho sin el súper y tenía la manía de filmarnos, sin subvención, cuando íbamos a bañarnos a Viana de Cega, a pescar o merendar) y tampoco había dónde publicarlo.
Definitivamente: me estoy haciendo viejo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

NUEVA YORK, CAPÍTULO DOS.


-¿Quién actúa? –preguntamos a coro, que para eso habíamos cantado juntos en el de la UVA y en otro de cámara al que llamábamos “Coral pro-novias” porque casi sólo armonizábamos (que es como se dice en fino) bodas, y se tenía que notar la sincronización, digo yo.
-Un español que está empezando –contestó Eduardo sin soltar prenda.
Nos citamos en su escuela, pensando que sería en el mismo auditorio, pero de allí nos llevó a otro más grande que no estaba lejos: el Metropolitan. El ambiente era de postín, con señoras y señores engalanados, lo cual nos llamó la atención.
-¿Y estos van al mismo concierto?
-Sí, claro. Es la premier y suele haber gente importante.
Recuerdo que entramos al lado del embajador escocés, ataviado con el típico kilt, y el hall parecía el del anuncio de Ferrero Rocher. Con la emoción habíamos olvidado mirar el cartel (también cambiarme de zapatos, que lucían una capa de polvo como para avergonzarse) pero salimos de dudas al verlo dentro:
“Lucia de Lammermoor: Edgardo: Alfredo Kraus…”. No pude leer más, porque se me saltaron las lágrimas y me abracé a Eduardo para darle las gracias, poniéndome de puntillas, porque el amigo Del Campo mide como un metro noventa.
-Ya sabía que te haría ilusión.
Desde luego que lo sabía: habíamos pasado muchas tardes en mi casa escuchando zarzuelas y óperas interpretadas por Kraus, que era mi favorito por influencia paterna y después improvisábamos arias y romanzas con mi piano y la vozarrona de Eduardo, que hacía a todo, y se atrevía con obras para bajo, barítono y tenor, aunque fuera forzando. Luego se quedó en el medio, donde sacaba todo su potencial. Mi padre asistía encantado a los conciertos caseros.
La entrada no daba derecho a asiento, sino a una barandilla de terciopelo rojo en el cielo, o sea, el gallinero, desde donde el escenario parecía más lejano que el estadio de los Yankees. Después de la obertura entró en escena Edgardo y el público se puso en pie aplaudiendo antes de que diera una sola nota. Eduardo me miraba de reojo y yo no quitaba los míos de Kraus. Sin embargo algo me mantenía tenso. Durante el descanso salimos al ambigú, que se dirá como se diga en inglés americano, lo mismo ambigoo.
-¿Estás desencantado?
-No sé, es que lo he notado frío. Será por la distancia.
-Ya. Suele salir así. El tío no calienta la voz antes. Lo hace durante el primer acto.
-¿Eso es lo normal?
-Para Kraus sí. Ten paciencia.
Sonaron los timbrazos y regresamos a nuestro sitio, que no asiento. Cuando apareció Edgardo de nuevo se hizo el milagro: esta vez su voz sonaba como yo la recordaba: limpia, metálica, brillante. Entonces se me erizó el vello, que es mi forma de decidir si me gusta o no, como un resorte automático que suple mi falta de conocimiento de muchas cosas.

Fue en abril del 93, exactamente el día 2: Alfredo Kraus en directo.

Al día siguiente volvimos al MET para ver una traviatta dirigida por Plácido Domingo. Tras el espectáculo bajamos a saludar a la soprano, una chilena encantadora llamada Verónica Villarroel, a la que Eduardo conocía. Hicimos cola mientras se desvestía (no había forma de entrar antes) y nos recibió sentada en su camerino, con una bata brillante, mientras su peluquera deshacía el tocado. Eduardo bebió un par de vasos de agua de uno de esos depósitos que antes sólo veíamos en las películas.
-De aquí han bebido Kraus, Domingo y Pavarotti. A ver si se me pega algo –dijo riendo y casi atragantándose.
-¿Y yo, qué le digo? –pregunté a mis amigos por lo bajini.
-Algo bonito, hombre –terció Juan Ignacio.
Nuestro amigo cantante hizo las presentaciones y Verónica nos ofreció su mano.
-Ha estado usted magnífica –fue la cursilada que se me ocurrió, todo ruborizado, y sirvió para que Juan y Eduardo hicieran chanza más tarde de mi acento afectado.
Al día siguiente comimos con ella, su novio, que era el director de escena y algunos cantantes más. Un lujo asiático, porque fue en un restaurante filipino…
Ahora que lo pienso, aprovecharé el puente para buscar las entradas, que estarán por algún lado.



De remate, acompañamos a Eduardo a una audición en otro teatro y le dieron el papel. Juan Ignacio se apuntó a una carrera por Central Park y quedó cuarto entre cientos de runners. La speaker del evento no daba  crédito cuando, al entregarle su trofeo, leyó de dónde venía.
-¿Valal-dolid? -preguntó la muchacha con una pronunciación tan extraña que sonó casi árabe.
-Valladolid, España -respondió mi amigo, leonés de tierra de campos afincado en Pucela.
-No imaginábamos que tendríamos participantes del otro lado del océano -comentó la joven.
Regresamos al hotel para hacer las maletas, porque se acababan las vacaciones y había que volver.
Yo no gané nada: ni un papel ni una carrera. Sólo grabé un vídeo e hice muchas fotos con la Nikon de Fernando, mi hermano. Lástima de zoom...


sábado, 26 de noviembre de 2016

NEW YORK, CHAPTER ONE...

De forma inesperada, que por fortuna no terminó en tragedia, me encontré con unas cuantas pesetas, unos novecientos euros de ahora. No tenía ni idea de que los accidentes de coche se indemnizaran, así que la sorpresa compensó de algún modo el susto y el mes de convalecencia a finales del año olímpico. Mi amigo Juan Ignacio tenía muchas ganas de cruzar el charco y conocer Nueva York, por lo que reservamos el vuelo sin reserva de alojamiento. Pasamos un par de noches en una residencia de la YMCA, que sólo nos sonaba por la canción de Village People, y resultó ser una especie de albergue mixto con baños compartidos y literas. El ambiente bullicioso se notaba justo a la hora de acostarse y a la del aseo matutino, con multitud de jóvenes (jóvenas y jóvenos) en albornoz o toalla corriendo por los pasillos para usar las duchas. Por suerte, dormir es cosa fácil cuando uno pasa el día pateando la gran manzana y además se suma el jet lag.
En NY vivía Eduardo del Campo, un amigo de la infancia, becado para estudiar canto en la Juilliard School. Tras varias jornadas de visitas para no turistas, (a Juan Ignacio le horrorizaba ir en rebaño y prefería mimetizarse con los newyorkinos), nos plantamos una mañana en el hall del edificio preguntando por él, y el recepcionista, un negrazo gigantesco y uniformado, nos dijo que lo había visto entrar y salir pero que probablemente volvería. Nos sentamos a esperar y apareció una hora más tarde. Cuando nos vio se quedó de piedra. Subió a revisar los faxes y nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores del Lincoln Center. Pasamos por la puerta del edificio Dakota, donde mataron a Lennon, y recién entrados en la avenida que bordea Central Park por la izquierda nos cruzamos con un señor bajito rodeado de niños que le pedían autógrafos.
-Ese es… ese es… el actor –gritó Eduardo.
-Coño, ¿qué actor? –pregunté.
-No me sale el nombre. Uno que viajaba en un coche.
-¿Steve McQueen? –propuso Juan Ignacio, como si hubiera pocos.
-No, hombre. Uno que viajaba al pasado o al futuro.
-¿Michael J. Fox? –dije.
-¡Ese mismo!


Cuando quise sacar la cámara, el pobre Fox, con su cohorte de adolescentes, ya estaba lejos, así que tengo que jurar que lo es cuando enseño la foto, porque casi no se le ve entre los críos y tampoco destaca por su estatura.
Comimos en un restaurante italiano con un compañero de la Juilliard que estudiaba composición y resultó ser el autor del primer disco de Locomía, un tal Ricardo Llorca al que volví a encontrar años más tarde en la prensa, porque había obtenido un premio internacional de composición, supongo que alejado del “abanico, Locomía, moda, Ibiza, Locomía, Locomía shuquebari” (o algo que sonaba así, o al menos de esa forma lo canta Alfonso). Busqué su dirección en internet para darle la enhorabuena y le envié una foto de aquél día, pero no me respondió.
Los tres días siguientes los pasamos de concierto en concierto: el primero en la misma escuela, a cargo de jóvenes estudiantes.

-Mañana vamos a la ópera –anunció Eduardo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

A MÍ ME LA VAN A DAR...



Cena y copas en una terraza. Suspendido el pádel por causa de salud (o falta de ella), quedamos directamente para el tercer tiempo. Ya somos mayorcitos para trasnochar y cuando la somnolencia se instala entre nosotros, igual que baja la niebla sin darse cuenta, me  envuelve y llega con nitidez la conversación del grupo más próximo, que está muy cerca por eso del aprovechamiento del espacio al precio que va el metro cuadrado. Dice uno:
-Te llaman a cada poco para ofrecerte un préstamo, pedirte una donación... 
-...o sugerirte un cambio de compañía telefónica con mejores tarifas -le interrumpe otro.  
-Cuando suena el móvil -tercia el de más allá- ya me temo que será para hacerme otra oferta irrechazable, así que les saludo y en cuanto tengo un hueco (de los pocos que dejan estos teleoperadores curtidos en mil batallas) les despido cortésmente. Hasta ahí podíamos llegar. 
-Son unos pesados -añade un tercero.
-¿Por qué en la página de "el país" o "el mundo" me salen anuncios con las cámaras de fotos que he estado mirando, la ginebra que bebo o los viajes que quiero hacer? Ya es casualidad...

Echo un trago a mi gintonic de Gordons con Schweppes, superada la moda de la macedonia sumergida, que se quedaba en un "no sé qué estoy bebiendo" a la segunda copa.
-Perdonad, tengo un guasap -se oye. 
Los amigos no contestan, entretenidos con sus móviles en los quehaceres obligatorios de la sociedad actual e interconectada.
-Mi mujer ha publicado que mañana tenemos comida familiar... de su familia. Me voy pitando.
 -Luego cuelgo en feisbuk las fotos de hoy. 
-Voy a guardarlas en la nube.
-Compártelas antes, que se te olvida.
Ponen morritos en el selfie que colgarán, no hay duda, en instagram y se despiden. Suena el teléfono de uno de ellos.
-No, gracias. No sé de dónde habrá sacado mis datos pero no voy a darle más. Me pensaré denunciarlos por intromisión en mi vida privada.
Y cuelga.
Apuramos las copas.
Por lo visto, la privacidad se ha ido al carajo. Para que luego hablen de la CIA. La CIA somos nosotros.

domingo, 13 de noviembre de 2016

ARTICULISTA EN PARO, Y LO QUE ME QUEDA.


Escribir un artículo debe de ser un trabajo complicado. Me imagino sentado frente al ordenador, como ahora mismo (así que no es un ejercicio excesivo de imaginación), mirando el reloj a cada poco, con la esperanza de que se ilumine la bombilla esa necesaria para contar algo en el suplemento dominical del periódico y que llegue a tiempo al taller. Como no voy a restaurantes carísimos, ni siquiera un poco caros, no puedo contar mi divina experiencia gastronómica, a menos que a alguien le interese saber que he dejado una fabada hecha para mañana. Tampoco he leído lo suficiente a Chesterton como para mencionarlo (ni siquiera he terminado la única novela, porque se me está haciendo un poco liosa con tanto nombre en inglés) y de historia sé más bien poco tirando a nada, y cada vez me apetece menos porque lo que he leído suele estar impregnado de ideología, ya se sabe, cada uno cuenta la guerra...
Pasan los minutos y no hay remedio: tendré que improvisar, una vez más, un artículo "de autor", que es como se dice en argot artístico de lo que a quien tiene firma reconocida le sale de los dedos.
¿Un concierto, una exposición, una obra de teatro? Lo más parecido es la misa de hoy a las doce, en la que ha tocado el órgano mi antiguo profesor de música, pero acompañar al coro de fieles con unos acordes no es asunto de mérito, si bien el P. Cantalapiedra no falla una nota.
Suena el teléfono. Por si éramos pocos...
-¿Ya lo tienes? -truena la voz inmisericorde del redactor jefe.
-Casi -miento susurrando, para delatarme aún más.
-Pues apura, que en media hora tiene que estar en mi correo. ¡Todas las semanas lo mismo! ¡Maldita la hora en que se me ocurrió contratarte!
Pienso que es la misma, minuto arriba o abajo, en que su padre le contrató a él.
Podría hablar de fútbol, por ejemplo, del gol de Zarra a Inglaterra desde una perspectiva independentista-marxista-capitalista pero la consigna fue clara: "no te metas en charcos". Paso de escribir con botas katiuskas.
Me sirvo el segundo chupito de whisky y me viene la idea de contar mi periplo por las "highlands" escocesas pero, si la memoria no me falla, nunca he estado en Escocia, aunque podría inventármelo abriendo el googlemaps y leyendo un poco en la wikipedia. Mejor no, que bastante tengo con Chesterton (siempre que lo escribo me sale charlestón y me toca corregirlo) y sus nombrecitos compuestos.
Y en verso tampoco me sale nada, porque hoy no llueve lo suficiente (ni cuando llueve a mares, para ser sincero). 
Por cierto, ¡qué bien huele mi fabada!
"Se echan las alubias blancas a remojo la noche antes...". Quizá cambie las tierras altas de Escocia por La Bañeza, para glosar las heroicas gestas de los cultivadores de leguminosas. Coño, pues no, que mi mujer tuvo un novio de allí y lo mismo se piensa que estoy tocando las narices.
Otra vez el teléfono.
-¡Tienes cinco minutos o te mando el finiquito!

Chesterton era, aparte de un magnífico escritor y periodista, un amante de la cocina tradicional. Después de nuestro extenuante paseo matinal por las highlands, durante el cual fue tomando notas para su siguiente novela, llegamos a la cabaña de Sir John MacBook, no, MacIntosh, quien nos esperaba, como era costumbre, con un vaso de Macallan de 50 años. Como buen escocés, nos invitaba a uno de 12 años (le sorprendí una noche trasegando el barato a una botella del caro en cuya etiqueta había hecho una marca con la uña).
-La lluvia en Sevilla es una pura maravilla, -dijo a modo de saludo.
-Y en Escocia es un coñazo, contesté en perfecto inglés con acento de Gales, para provocarlo. Para pasar el mal trago, se echó un buen trago.
Nos sentamos a la mesa frente a nuestro plato de macarrones aliñados con aceite de soja.
-Alta cocina italiana, -dijo Yikey, que era como los íntimos llamábamos a Chesterton, exagerando su acento british para hacerse notar. 
-Quizá nuestro amigo español pueda deleitarnos algún día con un gazpacho catalán, un cocido andaluz o una paella gallega -me retó Jack, que estaba macanudo después del tercer lingotazo y mezclaba las blackface con las shetland.
-Mañana cocinaré para ustedes una suculenta fabada manchega -contesté con acento de Dublín, concretamente de Grafton street, frente a la estatua de Molly Mallone antes de su traslado a Suffolk Street, donde el acento no es ni parecido, anda que no se nota. Jack se levantó y regresó con una bolsa en la mano.
-Aquí tiene lo que necesita, -dijo al abrirla, mostrando unas pocas beans rojas.
-Perfecto -exclamé. Si puedo disponer de unos berberechos y gallina vieja, quedará deliciosa tirando a cojonuda.
Al día siguiente degustamos la purrusalda extremeña. 
-Excelente -dijo Jack.
-No hay nada que no se pueda tragar a fuerza de whisky -sentenció Chesterton.
Por desgracia, el perro de Sir John se comió las sobras... sin whisky. Desde entonces no me ladra.