domingo, 19 de marzo de 2017

EL DÍA DEL PADRE Y LA MADRE QUE LO PARIÓ


Ya se sabe que el comercio rige las fiestas antaño santificables y se aprovecha de ellas. Sobran ejemplos. Anoche, a las doce pasadas, me dieron el regalo: un pijama, que me venía bien porque a ciertas edades hay que ser prácticos. Acertaron con la talla, son muchos años manteniendo el peso, no así el contorno, que se reparte caprichosamente vete a saber por qué razones.
Me lo puse, no hay mayor señal de agradecimiento que no usar el vale-regalo, rayano en la grosería, sólo superado por los que dejan la etiqueta con el precio, "porque hay confianza", y aunque picaba un poco por el apresto, o la cantidad de manos que lo habrían tocado antes, me acurruqué bajo el edredón.
He despertado sudando, no porque fuera un pijama de lana pirineo sino por las pesadillas, supongo que casuales: con mi nueva prenda me adentraba en las selvas africanas, huía de las fieras a esa velocidad de los sueños comparable al McLaren de Fernando Alonso hasta que una boa constrictor me apresaba. Lo he contado durante el desayuno y mi hija, muerta de risa, ha venido con la anaconda colgando entre dos dedos:
-Para otra vez, corta antes la etiqueta.


domingo, 12 de marzo de 2017

RESUMEN DOMINICAL




1
El jueves de esta semana acabé con Bukowski. La casualidad ha hecho que coincidiera con el nueve de marzo, cuando falleció, pero con años de diferencia. Lo otro sería, más que casualidad, fatalidad, sobre todo para él, que de haberlo sabido habría seguido escribiendo y enviándome sus textos, aunque me temo que estaba cansado de vivir y beber. Para ser un tipo alcohólico, machista-misógino, paranoico, apostador compulsivo en carreras de caballos y otras lindezas, no se le daba mal lo de escribir. 
Lo malo es que suelo coger a cada autor por el pescuezo y leo todo lo suyo o casi todo -seis de sus siete novelas- de un tirón, y Chinaski te acaba poniendo la casa perdida de detritus, que además no son PDF, porque compro los libros. Pocas concesiones a la galería. Quien tenga prejuicios del tipo "este es un rojo-este es un azul" u otros maniqueísmos al uso y abuso, que no lo lea. Hay pocos que se salven de algún pecado. Que tampoco escuche a Wagner o Tchaikovski.  

2
Dice mi amigo Alfonso Baruque que cuando preguntas a un cantante de ópera -él lo es, un bestia que pasó del do de pecho al do de cerdo, tres octavas limpias sin falsete- qué tal anda de trabajo, responde:
-Fenomenal, muy liado, sin parar: tengo una audición aquí, otra allá... -y se ríe-.
Vamos, que lo que es trabajo del de cobrar suele haber poco, y si no, también suele haber poco que cobrar.
No estoy en contra de tocar o cantar gratis las primeras veces. Uno ofrece su producto, lo pone a prueba, como el bodeguero regala botellas al principio para amortizarlas después si el vino es bueno, o te invitan el día de la inauguración de un bar y si te gusta vuelves. Otra cosa es hacerlo siempre "por promocionarte". Cada uno decide cuánto está dispuesto a donar.

Después del vídeo del Cuarteto Muzikanten nos ofrecieron un par de actuaciones: una de pago y otra benéfica. La primera está a falta de la firma. La segunda... buscando sponsor. Hay cien "megustas" y cuatro "nomegustas" de casi cinco mil visualizaciones o visitas en youtube.  Tenemos mucho trabajo. Un no parar. 

3
Desconozco cómo aparece un "palabro" de repente. Sé cómo se transmite: salta de cerebro vacío en cerebro vacío, donde hay sitio para cualquier cosa. La expresión-muletilla "en plan" está, como el Rock and Roll, "here to stay". En lugar de callarte para respirar, o simplemente para pensar, metes un "en plan" y te las das de moderno, verbigracia: 
-"Me compré una gabardina en plan azul marino que es superdivertida".
-"La cena estuvo en plan muy bien, superdivertida".
-"Y me dice la vecina, en plan, parece que va a llover (para eso me he comprado una gabardina superdivertida)".
Vamos, que me superdivierto, o sea, en plan.

4
"La música es una revelación más alta que la filosofía". Ludwig van Beethoven.
"Permanece callado cuando no puedas mejorar el silencio". Autor desconocido, aunque me gusta adjudicarme la autoría, que no su aplicación.

Pd.- La foto es del 12 de febrero, cuando grabamos el vídeo. Obviamente, desobedecimos. Ángela Vizcaíno puede dar testimonio gráfico de que visitamos el confesionario, bien arrepentidos. 






sábado, 25 de febrero de 2017

GALLETITAS DE PUEBLO



A veces creo que mi cabeza funciona como las cookies de internet, que pasan factura a 30, 60 y 90. Por algún motivo ajeno a la informática, o no tanto, saltan recuerdos relacionados que se me ofrecen como para comprarlos en un almacén de segunda mano. 

El domingo 12 de febrero, entre toma y toma, recibo. Quid pro quo. Pese a la intensidad del trabajo, que requiere de toda la atención que un hiperactivo puede concentrar, se me va la cabeza, afortunadamente no muy lejos. A los pocos metros que separan la iglesia de San Ciprano (que la web se obstina en ubicar "en el centro del pueblo") de la casa de mis abuelos maternos (de punta a punta, no es tanto en San Cebrián) suceden cosas de nuevo, un deja-vu de mentira, porque sucede lo que ya ha sucedido, no esa trampa del cerebro que cree haber visto lo que no: la entrada en la calle polvorienta y sembrada de cagalitas de oveja que creí aceitunas gracias a mi hermano hasta que las probé, nada que ver; el portazo -¡coño, cerrad con cuidado!- en el SEAT de turno cuando un SEAT era un coche (un FIAT clonado antes de que FIAT y SEAT clonasen la misma vulgaridad);  el descenso de cinco críos en pos de los abuelos; el posterior de mis padres; los besos de Felisa, mi abuela, permanentemente enlutadita en su metro y medio escaso por los hijos que no llegaron a medrar; los de mi madre y los menos efusivos pero tan sinceros de mi padre, nada besucón; "no os esperaba" -Felisa-, "si quiere nos vamos" -Fernando, llaves del 600, 1500, 1430 o 132 en mano, siempre de usted-, "no, hijo", -Felisa asustada, sin captar la retranca de mi padre, hereditaria y eterna-; el "id al teleclub a que os convide vuestro abuelo, Serafín"; la carrera hasta el bar social, las fantanaranjas a tres pesetas y la cerveza "aguiladoradaoimperial" (se extinguió el águila, o casi) a cinco, o al revés; las partidas de tute o dominó; las pastas en la casa-tienda de la tía Anastasia ("ya vendrá mi abuela a pagar"); los caramelos rellenos de Tardá en el bar de la señora Ramona... todo lo que un forastero (pero "hijo del pueblo", que servía a mi padre para cazar codornices y perdices en los cotos junto a los Manolos, Alonso y Cuadrado -tío-abuelo de mi osteópata-, que lo trataban con camaradería) podía esperar. 
En ocasiones llevábamos a algún primo, de Serafina o Chonita, saltando las leyes de la policía, como sorpresa. Otras ya estaban allí, en su "erreseis" azul o su "sport 1600" (las menos). Más ruido de primos que aún se quieren, más jamón del sobrao, más huevos en plato de porcelana con borde azul. Más futbolistas en la era. En verano venía la francesa, Maricarmen, con Josemari, vascofrancés guapérrimo, igual que sus hijos, en un Citroen; sus hermanas Celia, Felisa (serio su marido, pero cariñoso), o los de Santander en su Renault 20 posterior al Austin rojo en cuyo maletero nos amontonábamos. El de Rioseco, con Santi y Pili. Primos y más primos, tíos y más tíos, besos y más besos.
Allí me puse piripi a sangría (mi primer piripismo, Cipri mediante y Fernando terciante, con algún sorbo despistado) por primera vez en la peña de mi prima (como los gitanos, en los pueblos pequeños casi todos somos primos) Esperancina,  que nunca será Esperanza, porque esa es su madre, la que ahora es nonagenaria y siempre cultureta (en el mejor sentido de la palabra), que cantaba en misa y dirigía el coro, con D. Isidro, el cura chiquitín añorante de la transustanciación bajo la sotana con mil misas nada mozárabes, entreteniendo la espera mística hasta que la vinagera vertía el poco vino que habría necesitado para hacer sus homilías más amenas y audibles, que parecían en latín vulgar y corriente. En la ermita de Santa Marta le ayudé, gracias a mi titulación de monaguillo capitalino, él de espaldas y yo de frente (cada uno con su concilio), muerto de vergüenza sin saber dónde mirar, y él bajo el sonido de la esquililla, "échalo todo" (el vino, de un botellín en miniatura de brandy 103, 501 o soberano, que era y es cosa de hombres muy hombres, o curas muy curas). Luego la comida: mi padre colocando las chuletillas de lechazo (después supe que no había que confundir churras con merinas, y así sigo dudando) como un arquitecto casando sillares a ojo sobre la parrilla, más reluciente que la RAE; mi abuelo poniendo pegas hasta que las probó, ya se sabe, discusión padre-hijo (aunque fueran políticos legaban a abrazarse un poco) antes de la política moderna; mi mancha en la camiseta azul tras subirme en la morera centenaria (la mancha de la mora...); la vuelta a casa impregnados de besos...
Parcial: sólo fue un vídeo de cuatro minutos grabado en seis horas.
Total: fueron muchas más cosas, minutos, horas, días, años...

Fotografía: Ángela Vizcaíno, con permiso expreso. "Cuarteto muzikanten en actitud oranten".

domingo, 19 de febrero de 2017

CUARTETO MUZIKANTEN, EL VIDEOCLIP. A VENDERSE TOCAN (DIGO CANTAN).


Uno no es nada si no se sabe lo que hace, parece decir la sociedad. No hay duda de que nadie compra lo que no conoce o no sabe que existe. Para eso, supongo, se inventó el marketing. Remar contracorriente, ajeno al mercado, se convierte en ejercicio agotador además de poco útil. 

El domingo pasado excusé mi cita con el blog, aunque adelanté mi contribución al sábado, más por disciplina que otra cosa. Había otro compromiso al que no podía faltar: la grabación del primer videoclip del Cuarteto Muzikanten. Existe otro anterior que David Ramos montó con secuencias que nosotros mismos grabamos para hacerle un regalo a Germán Díaz y promocionar sus capones Da Capo, esos que criaba en su granja para gloria de los gourmets. El cineasta gallego hizo un trabajo soberbio para firmar nuestra entrada en youtube inaugurando el canal propio.
Tocaba renovar la producción y así fue que el domingo 12 nos pusimos a ello, bajo la batuta de Marco Leonato, a quien se nota la cinefilia desde que hace la primera toma. Si has visto películas con atención no tardas en identificar sus gustos. 
La iglesia mozárabe de San Cebrián de Mazote (Valladolid) fue el escenario escogido por diversa motivos: uno es puramente estético. De entre todas las que nos ofrecieron, esta nos pareció más adecuada. Castronuevo de Esgueva, San Martín de Valvení y Aguilar de Campos tendrán su momento, esperamos. El otro tiene que ver con lo afectivo: mi madre nació en San Cebrián y me apetecía contribuir a la promoción de su pueblo, que es el mío. 
Durante las seis horas que permanecimos allí, acertó a aparecer el arquitecto encargado de la restauración en 1987, Salvador Mata, que se mostró muy satisfecho de su trabajo. Aunque dijo que no teníamos mucha pinta de mozárabes (bien cierto), me encantó escuchar sus explicaciones sobre la obra. Fue una feliz casualidad.
Seis horas y docenas de tomas más tarde, salimos de la iglesia satisfechos, contentos y ateridos. 
Supongo que antes de que acabe el invierno podremos compartir el resultado de la jornada. Ángela Vizcaíno ya ha dejado algunas perlas salidas de su cámara, pero su discreción y respeto hacia Marco impiden que disfrutemos de más fotos. 
Gracias a Toño, David y Eugenio por acompañarme en este proyecto, y a Fernando, mi hermano, que colaboró activa y desinteresadamente en esos detalles nimios, como encender más de cien velas, que son parte del trabajo como ayudante de dirección. 
También agradecemos a Emilio, nuestro intermediario, y a D. Enrique, el sacerdote, no sólo las facilidades sino el interés mostrado. Esperamos no defraudarlos. 

sábado, 11 de febrero de 2017

MUCHO EN UNO

Raramente se conjugan varias emociones antiguas. Es sólo una frase sin contrastar, como tantas otras, pero sirve para empezar el texto, que suele ser lo más difícil (otra verdad dudosa). 
Hace ocho años, mi amiga Clara, la gallega presta al abrazo no sólo físico, se tomó la molestia de crear este blog, contraseña incluida, para facilitar mi expansión artística. En principio se trataba de un casting para captar cantores. Acabó quedando en simple intención porque, abierto el cuaderno, me dio por divagar, ejercicio al que me entrego frecuentemente. Ella, sin saberlo, abrió la primera página, que fue saltando de acá para allá, de tema en tema, pero sin tema. El principal pasó a ser menos que secundario. Ahora vuelve a su origen. Ya no busco compañeros de coro, los tenía de antes sin saberlo, y de antes llegaron, pero la cosa iba de cantar.
El domingo, día que suelo dedicar a mis escritos, andaré haciendo playback en la iglesia del pueblo que dio nombre a mi madre, tan fiel a sus raíces que quiso nacer el día del santo patrón, con cuyo nombre se quedó. El Cuarteto Muzikanten, un quinteto venido a menos sólo por lo numérico, grabará su primer videoclip y lo hará en un vestigio del pasado que en mi cabeza siempre ha sido presente. A pocos metros descansan mis abuelos maternos y mi tío Félix, al que mi abuela Felisa decía que me parezco por payaso, con el cariño que una madre pronuncia esa palabra. Espero que les llegue el canto. Será un aleluya.

domingo, 5 de febrero de 2017

PIANO, PIANO...

Siempre había tenido la ilusión de cantar con un grupo pequeño. Uno crece y se harta de cargar con el instrumento de bolo en bolo, máxime si toca el piano. Aunque a veces Germán Díaz conseguía que me pusieran uno en la sala, incluso de gran cola, como el Steinway que rescataron de una inundación en un auditorio de Zaragoza y aún sonaba como nuevo pese a algunos restos de óxido, lo frecuente era llevar el mío, uno eléctrico bastante ligero, con sus patas y cables. Mi Roland solía ser el cuarto ocupante de los asientos del coche, haciendo pareja en la parte trasera con Eugenio, que tampoco necesitaba mucha conversación porque tenía la costumbre de dormir y sólo despertaba para comer o cenar. El cello del chino alternaba con mi piano entre asiento o maletero, según el coche que llevásemos. Cuando el Trío Germán Díaz dejó de existir por mor de la inquietud del zanfonero y, hay que reconocerlo, la vagancia del pianista y del cellista-oboista, me propuse formar un coro de cámara que imaginaba de ocho, doblando las voces, pero la realidad lo partió por la mitad y se quedó en cuarteto, pues Germán no estaba por la labor y Juan Ignacio, mi solista favorito, el pelirrojo con las cuerdas vocales negras, siempre se obstina en vivir lejos. Mucho antes de conformar la plantilla me dediqué a escuchar y seleccionar canciones. El primer grupo profesional del que me enamoré fueron los "King´s singers" a los que erróneamente asocié con una suerte de juglares al servicio del rey, cuando su origen era el King´s college de Cambridge, donde se fundaron el 1968. A estos les pasaba un poco como a los Platters, que sustituían a sus integrantes a medida que se jubilaban, por lo que la plantilla cambiaba de vez en cuando, aunque no su calidad. Por lo visto, en Inglaterra y Estados Unidos los cantores se reproducen por esporas... Luego llegaron Manhattan Transfer, New York Voices, y los africanos Ladysmith Black Mambazo. Tras ir eliminando la mayoría de obras de su repertorio por imposibles, me decidí a comprar algunas partituras. Mis intentos en España hicieron agua, y acabé por pedirlas a USA, desde donde tardaban menos de una semana en llegar. Acerté a contactar con una empresa californiana y la encargada de los envíos resultó ser la hija del dueño. Aparte de los pedidos, nos anduvimos carteando a título privado, charlando de esto y aquello. Una noche me dio por enviarle un regalo, por mostrarme agradecido con su diligencia, que no era la de John Ford. Era un dibujo a lapicero de la plaza mayor de mi ciudad, al que mi amigo Onrubia había sacado fallos de perspectiva.
-Las columnas están desalineadas, me dijo Jose.
-Hombre -me defendí-, que lo he copiado de una foto que yo mismo hice.
-Me sé la plaza mayor de memoria -sentenció, y sus sentencias son mucha sentencia.
Considerando lo detallista que es mi amigo, al que había visto dibujar en muchas ocasiones mientras hablábamos y tomábamos una cerveza en su estudio, comparé foto y dibujo y, en efecto, mi pajarero de cabecera tenía razón. Borré y redibujé hasta que Onrubia me dio el visto bueno.
Mi sorpresa llegó cuando la californiana me respondió para darme las gracias.
-Me encanta. Una vez estuve allí. Es la plaza mayor de Valladolid -dijo.
Luego me explicó que había hecho un tour de esos de "Si hoy es martes esto es Bélgica" y había pasado un día en Pucela, con aprovechamiento máximo por lo visto.
Aunque alguna ley impide vender por unidades partituras para coro, y sólo se permitía adquirir como mínimo tantos ejemplares como voces hubiera, por aquello de no fotocopiar, supongo, ella me hizo el favor de saltarse la norma. 
Con una estantería llena de material cantable, pude por fin juntarme con otros tres amigos: Toño, David y Eugenio, y formar el Cuarteto Muzikanten hace algo más de cuatro años. La inversión sigue ahí, en carpetas de las que hemos podido sacar más bien poco. Sin embargo hay algo más importante: quedar cada miércoles para ensayar con buena gente, con el protocolario whisky, las puñaladas propias de la condición de músicos y el buen rollo.
La semana próxima nos pondremos a grabar un videoclip. A ver si así conseguimos cantar en algo que no sea benéfico, aunque sólo sea por amortizar las partituras y el whisky.

domingo, 29 de enero de 2017

A ESCRIBIR TOCAN

La primera vez que escribí un correo a una revista semanal (más  que nada como obligación auto impuesta) hará como veinte años, casi me lo publican como ganador, eso que llaman "carta de la semana". El "casi" obedece a que la galardonada venía a ser la mía fusilada, hasta tal punto que sólo al final, cuando leí el apellido del autor (el nombre coincidía), caí en que no era yo. Releí una y otra varias veces, las comparé, y llegué a la conclusión de que tenía un sosias a menos de cincuenta kilómetros, o tal vez el encargado de seleccionarlas se había hecho un lío con el ordenador mezclando ambas. Desde entonces, mosqueo incluido, sólo he conseguido que entrecomillaran un par de frases y las pusieran en lo alto de la página, lo cual no da derecho a premio alguno. Leer mi nombre no me emocionaba tanto como para sentirme satisfecho sin la pluma, el reloj o el regalo que dieran cada vez. 
Otra revista premiaba a los lectores que pillaran erratas, no de imprenta, sino de documentación o gramaticales. Puntilloso como soy, no me costaba encontrar alguna, y semana tras semana fui recibiendo frascos de colonia, libros, calcetines y otras cosillas de poco valor venal que seguramente aportarían sus sponsors. También premiaban relatos reales en base a su originalidad y credibilidad. Una vez conté algo que me había sucedido, pero tan rocambolesco era que quien se encargase de valorarlo lo estimó poco creíble. Por no aparecer cada semana, envié uno a un amigo que lo modificó con su estilo, firmó... y ganó. 
Hace tres semanas volví a mandar otro, con cierto afán crítico, a la misma revista semanal del periódico que leo a diario. Se trataba de una especie de resumen de la misma revista. Dejando otras consideraciones aparte, supongo que será difícil para el escritor que selecciona los textos publicar uno que critica a sus compañeros. Aquí lo dejo:

"A Fulano casi lo atracan en su propia casa, motivo para cabrearse como poco. Mengano sigue enfurruñado, a vueltas con el catolicismo y su defensa que tantos enemigos le acarrea. Perantano se interesa por el punto justo del pescado a la brasa. Un baloncestista barbilampiño anda preocupado por el bálsamo labial adecuado para cada ocasión. En Siberia buscan colmillos de mamut, porque mamuts no quedan (así se ahorran matarlos como a los elefantes africanos). Un quíntuple agente secreto se ganaba la vida sirviendo a unos y otros (eso son principios y no los de Groucho). Un fotógrafo capta los residuos (visibles) de su vida. Mientras tanto, un médico investiga el elixir de la eterna juventud. Otros, al comenzar el año, se bañan en agua helada. A estos, viendo el panorama, me siento más cercano. Me temo que nos quedan muchas duchas frías. Allá cada uno con sus cosas".