domingo, 22 de enero de 2017

DE DOMINGO A DOMINGO TE VENGO A VER.

Me dio esta mañana por ordenar trastos. Cuando uno vive en una casa pequeña no queda más remedio que colocar, organizar, eliminar lo que se acumula "por si acaso". No podría definir "por qué acaso"... Así encontré un cuadro, a medias desde hace dos años largos; unas cuantas fotos por enmarcar o guardar en carpetas; partituras en boceto; libros que aún no he comido, ni creo que les hinque el diente,  apilados sobre la mesa del comedor... 
Por hacer como que hago algo útil, aunque poco convencido de su utilidad, más que nada me quito la tarea de encima: el soporte de cartón para unas fotos de pianos (esas que me imprimieron mal hace unas semanas por no estar atento) tiene flecos por culpa de mi poca habilidad en el manejo del "cortante", neologismo innecesario acuñado por el vasco de Bricomanía, que traduce literalmente "cutter" porque "cuchilla" no acaba de convencerle; el cuadro sigue tapado con una sábana, y todo lo que representa; los libros han sido colocados alfabéticamente en la estantería; las partituras para el cuarteto no amarillean porque el papel ya era amarillento cuando lo compré. He visto una aplicación para tableta que permite escribir a mano las partituras y las convierte en formato PDF, con signos de imprenta, y además te las va cantando. Quizá las compre (tableta y aplicación) y puede que acaben por ser el próximo objeto que cambie de ubicación un domingo cualquiera. A lo mejor me decido a invertir en un artilugio que guarde todos mis discos, fotos, libros y partituras para tardar menos en ordenarlos, aunque el domingo sería menos domingo sin deberes.
Sigo haciendo un Bukowski light: dos chupitos mientras escribo. Ni por esas...

domingo, 15 de enero de 2017

DE LO CIRCUNSTANCIAL Y OTRAS MENUDENCIAS (MISCELÁNEA DOMINICAL AL USO)

Uno no está donde está sólo por méritos, sino por una serie de circunstancias prosaicas: la oportunidad, la casualidad, el momento puntual (influyen hasta los segundos) y hasta la edad. Yo tampoco escapo de esas variables, o sea, no puedo sacar pecho, si es que hay algo de lo que presumir. 

Ayer por la tarde fui a ver un partido de baloncesto de categoría amateur, semiprofesional para otros (en función del sueldo, supongo, así que habrá quien ejerza una profesión con sueldo de semi, y quien cobre como pro siendo amateur en el ejercicio, ejem), un entretenimiento de sábado ocioso. El nivel baloncestístico es una cuarta división con jovencitos que buscan mejorar y quizá dar un salto a categoría superior y veteranos de vuelta que matan el gusanillo (veteranía es superar los treinta en el mundo del deporte).
Reconozco que el partido en sí no me atrajo mucho, porque desde el principio había diferencias notables entre el local y el visitante y eso le quitó emoción. Anduve cambiando de asiento, saludando a unos y otros (mi ciudad, capital "de provincias", tiene esa ventaja: conoces a mucha gente). En el público estaban un ex-jugador y un ex-entrenador de ACB, y yo sentado entre ambos. El ex-base es compañero de trabajo y además lo cuento como amigo, algo que conviene remarcar y no confundir. Me encanta escuchar sus historietas de cuando era profesional, sin jactarse de nada, cosa que envidio sinceramente, porque humildad me falta. También lo es el entrenador del equipo de casa. A mi otro vecino de asiento, el ex-entrenador de primera, que ahora está en segunda, lo conocía de vista (por la tele y por la calle) pero nunca había hablado con él. También charlé con un preparador físico que ha ascendido de categoría y fue alumno mío de chaval. Y en el banquillo local estaba, bajando de categoría profesional, a quien sustituyó aquel. Parece un galimatías y puede que lo sea, pero doctores tiene la iglesia y estilos la escritura. 
Lo importante del asunto, parece obvio, no fue el partido: fueron las conclusiones a las que llegué.
-Este equipo no estaría donde está si no fuera por quien lo entrena (y eso que su hijo juega con ellos)- dijo el ex-entrenador ACB, que sigue en leb oro, 
-Anda que no hay diferencia entre estos y los de ahora -comentó el ex-preparador físico del local, que ahora trabaja para otros de superior categoría.
-Hola -saludó el preparador físico del local, que antes fue ACB y tenía prisa, por algún asunto familiar.
-El de tu izquierda y el que está en la cancha son los dos mejores entrenadores que he conocido en mi equipo, o casi -sentenció el de la derecha, que ha jugado con un tal Arvidas y durmió en la cama de un tal Tkachenko- opinión que comparte mi amigo Choche, que es mucho Choche y sabe un huevo de esto y de más cosas.
Al terminar el encuentro di la enhorabuena y un abrazo al entrenador de los de casa. 
-Tenéis que venir más, que nos dais suerte.
Suerte es la de tu equipo, pensé, por tenerte como entrenador. Y la mía por conocerte. 
Si el mundo fuera justo, que no lo es, algún día volverían los dos entrenadores a pisar las canchas de equipos ACB, cosa que deseo.  Son los dos únicos a los que he oído apelar a algo que no sean los huevos en los tiempos muertos. Dos docentes motivadores, elegantes y con sabiduría como para poner una tienda, una franquicia o publicar libros de autoayuda sin pensar en los réditos inmediatos, sino en los de a largo plazo, que son los que duran. 
PD.- Por más que los pinche, jamás sale una mala palabra de sus bocas, un poco de veneno del que se acumula aunque no quieras. Caballeros, al fin. Es lo que falta.

domingo, 8 de enero de 2017

UN ACTO DE JUSTICIA

La semana pasada conté una anécdota, no pasó de esa categoría, de mínima relevancia. Después de releer mi entrada, para que quedase claro, añadí una postdata explicativa, por si algún lector interpretaba erróneamente el texto. Ayer, cosas del destino, tuve la fortuna de caer en manos de funcionarios del sector salud, subsector (o suprasector, según se mire) urgencias. Podría incidir en el hecho de que estuve cuatro horas en los pasillos de dos hospitales esperando a que atendieran a mi hija, y una hora más recibiendo atención médica, pero no sería justo sacarlo de contexto. Los recortes siguen siendo patentes, no hay duda, pero los profesionales de la salud, con ojeras, cuatro manos, agotados ("ellos lo eligieron, que se jodan", dirán algunos) se esforzaron por atendernos sin perder la amabilidad. Como nosotros, habría no menos de doscientas personas, entre enfermos y acompañantes, esperando pacientemente (también es un mérito) atención inmediata. No hay un solo "pero" que poner: desde las recepcionistas hasta el vigilante jurado, pasando por el celador, el MIR, el maxilofacial, la jefa de servicio y enfermeras, todos, sin excepción, mostraron una conducta excepcional, aunque cobren menos, trabajen más y les toque lidiar con pacientes a los que seguramente les afectaron los recortes, las cláusulas suelo, las subordinadas o preferentes, los ERES y el largo etcétera de putadas que nos han ido cayendo, sin contar lo más importante: que estaban enfermos. 
Lo mejor de un país como el nuestro es que lo forman personas venidas de todos lados con sus peculiaridades, esas que en lugar de separar unen (a lo peor se nos olvidó la historia, si es que alguna vez la conocimos).  Las salas de espera parecían los pasillos de la ONU: chinos, africanos de diferente tostado, españoles ídem, americanos de origen (o no) hispano, y qué sé yo. Por desgracia la enfermedad nos pone exactamente en el mismo lugar: humanos todos, al fin y al cabo. Quizá sea una suerte que haya algo que nos haga bajar del burro de la aparente superioridad. 
Gracias a Toño Cano, Laura Hernández y Laura Fernández, José Miguel Redondo, Jorge Vallejo y al resto de personal (no hay categorías, porque todos suman) por cuyas diestras (quizá zurdas) manos fuimos pasando. 
Confío en que ahora que tenemos un gobierno de minorías absolutas no habrá otra que ponerse de acuerdo y las cosas irán a mejor. Ya era hora.
Y que conste: no soy funcionario, sino miembro de ese espacio intermedio o tierra de nadie llamado "concertada". Será por eso que entiendo perfectamente a ambos grupos.

PD.- Mi hija, bastante asustada, se sorprendió por lo bien que la trataron. Le dije: si eres amable lo serán contigo, quizá no todos, pero sí la inmensa mayoría. Y se impuso la mayoría absoluta, que aquí sí importa, vale y sirve.

Más PD.- De justicia es mencionar que esto sucedió en Arturo Eyries y el Hospital Río-Hortega, pero estoy seguro de que en cualquier otro sería igual. 

miércoles, 4 de enero de 2017

HAY DÍAS, DÍAS Y DÍAS

Ayer se me ocurrió, por parecer que había hecho algo en vacaciones, revelar unas fotos. Desde la llegada de la fotografía digital, la mayoría (a veces todas) permanece archivada en carpetas del ordenador, no como antes, que vivían en un álbum y se las podías enseñar a tus invitados más incautos.
Bajé a la fotocopistería (reprografía se llama hoy, pero soy de los tiempos del ciclostil y me cuesta adaptarme). Antes me había tomado la molestia de ordenarlas numéricamente, para que a la joven que trabaja ahí le resultase más fácil e incluso hice una simulación en mi ordenador para ver el resultado. Como se encontró con algunos problemillas, le sugerí que le dejaría trabajar en paz y volvería en un rato.
-Si no estás aquí no puedo hacerlo.
Sorprendido por la respuesta, pregunté el motivo, y su explicación vino acompañada de un gesto torcido.
-Si estoy en el ordenador la gente se enfada porque cree que no les atiendo.
-Bueno, entonces ¿prefieres que me quede mirándote?
-Puedes mirar donde quieras -contestó agriando aún más su gesto.
Así lo hice, por ser obediente, con los ojos perdidos aquí y allá para no perturbar su labor. Me llamaron al móvil y oí sus toses para captar mi atención, casi riñéndome. Colgué por si había alguna cláusula en el contrato que se me hubiera escapado, como estar pendiente sin estar pendiente.
Lo curioso es que otras veces, tanto ella como sus compañeras, habían satisfecho mi demanda, y lo que antes se podía hacer, ayer no. Se lo hice saber, lo cual tampoco fue de su agrado.
Me entregó las tres hojas en DIN A3, una de las cuales salió desformateada, con las nueve fotos en diferentes tamaños. 
-Eso es que las habrás retocado. 
-Creo que no -dije, seguro de que no-.
-Si las trajeras maquetadas sería más fácil.
-Si supiera hacerlo... (y tuviera una fotocopiadora profesional en casa, no vendría a verte -pensé).
La despedida no fue muy navideña: ella recogió el dinero y yo mis fotos, con un saludo forzado. 
Salí de allí, mosqueado, hacia la oficina de correos. La cola llegaba casi hasta la calle, pero ya tenía número, que había cogido antes de lo de las fotos. La funcionaria, de esas con años de experiencia y puesto ganado, no es la más hábil de la estafeta pero siempre mantiene la sonrisa. Me atendió educadamente, con sus tropezones acostumbrados que son parte de su personalidad, y nos deseamos feliz año con sonrisa sincera. 
A veces la empresa pública y la privada cambian sus papeles, no los reales, sino esos que solemos adjudicar haciendo caso a los tópicos. Enhorabuena a la funcionaria (como la mayoría, trabajadora y amable).



viernes, 30 de diciembre de 2016

EL AGRADECIMIENTO ES GRATIS, QUE NO GRATUITO


No es raro en tiempos de ocio entablar conversación con alguien en un hotel, cafetería, playa o chiringuito, y menos en mi caso acabar haciendo una foto a los niños, pidiendo permiso. Como mi cámara siempre viene de vacaciones conmigo, lo cual supone que casi nunca salgo retratado, me libro del selfie con móvil. Si algún día llevo un palo en la mano será, muy probablemente, un bastón. Tampoco lo necesito, porque quien dispara  ha estado allí y lo sabe, y prefiero poner el temporizador apoyando la cámara en algún sitio o pedirle a alguien que dispare.

El verano pasado fue pródigo en fotos a niños, que después mandé a sus padres y borré de mis archivos, como tengo por costumbre. También hice un reportaje a una orquesta de baile. De todos los envíos no recibí una sola confirmación de que habían llegado, así que ni hablar de las gracias, esa palabra últimamente escasa, y eso que insistí para asegurarme de que estaban en manos de los retratados o sus padres, e incluso repetí el envío.

Una tarde de julio, paseando por Sanxenxo, entré en una tienda de artículos náuticos, y se me ocurrió que podría llenar mis ratos de ocio haciendo manualidades con las cuerdas de colorines que usan los marineros para amarrar sus cosas, no los de pesca de altura o bajura, sino los de velero nada bergantín. Unos cuantos tutoriales de youtube después ya era capaz de trenzar algo parecido a una pulsera, así que volví a la tienda en agosto a comprar más cuerda náutica, que tiene un nombre del que no me acuerdo, aunque una compañera de trabajo me lo dijo, corrigiéndome cuando lo llamé cordino.
-Eso es para alpinistas. Los marinos lo llaman "nosecuantos".
El caso es que me compré unos pocos metros de "nosecuantos de colores" y me puse de nuevo a la faena con la experiencia de un mes. Ya se sabe que antes de vender hay que regalar, no queda otra para promocionar el producto (sonrío cuando leo que los músicos deben cobrar siempre que tocan, como si vivieran, que algunos viven, ajenos al mercado -yo toco a veces gratis, que no es regalo sino inversión-) lo cual volvió a dejarme sin material. Aprovechando que unos amigos fueron por allí a final del verano, les pedí que hicieran el favor de traerme un surtido. Cuando estaban en la tienda, Eolo se llama, me llamaron por teléfono para pasarme con la bella y encantadora joven que trabaja allí y se acordaba de mi doble paso por el local, algo normal considerando la lata que suelo dar cuando voy de compras y que no todas las personas que me atienden reciben con el mismo sentido del humor. Unos días más tarde le envié una pulsera y ella se tomó la molestia de responderme por email,  (le facilité mi dirección, "para que me asegures que no se ha perdido"), dándome las gracias y adjuntando una foto de su muñeca con la pulserita.
Lo que no esperaba era recibir un sobre la pasada semana con una tarjeta de felicitación navideña y unos metros de cuerdas variadas. Fue una agradable sorpresa y por ese motivo le dedico este post intrascendente para el mundo, no para mí. Aún quedan personas elegantes y educadas que roban unos minutos de su valioso tiempo para mostrar agradecimiento, aunque sea por una nimia pulsera de cuerda náutica. Gracias, Rocío, que has sido una inesperada Mamá Noel. Feliz Navidad. 

lunes, 26 de diciembre de 2016

OTRO QUE SE NOS FUE (MENUDA BANDA SE HABRÁ MONTADO EN EL CIELO EN 2016)

Allá por el año 83, más o menos, estuve de vacaciones en Marbella, lo cual podría parecer presuntuoso si ocultara que fui a un camping a unos kilómetros del pueblo, todo lo que podía permitirme con las propinas y algún adelanto a fondo perdido que mi hermano tenía a bien hacerme. 
Con comida de casa (pero no casera), ginebra MG (la que usaba  Buñuel para sus dry martinis, aunque eso lo supe mucho después) y Tang de pera, pasamos una semana Fernando, Sanmi y yo. Hicimos amistad con un vecino de tienda de campaña, el pobre Paul, un iraní aspirante a tenista profesional al que robaron la maleta en el aeropuerto de Málaga. No sé dónde parará el persa, un buen chico, musulmán confeso, al que llevamos por el camino del mal haciéndole comer jamón y beber alcohol. Tuvo la suerte de encontrar a un benefactor asturiano que le pagaba el alojamiento. Este vivía en un chalet de la Marbella de verdad, con piscina y piano de cola, donde nos invitó a merendar una tarde. Fue la única vez que comí chorizo, tanta era el hambre que arrastraba. A cambio toqué unas canciones de Sinatra, un precio nada caro teniendo en cuenta que me prestaba el primer piano de cola que tuvo la mala suerte de caer bajo mis manos. Luego su hijo y un amigo nos llevaron de copas por Puerto Banús, y el alcohol hizo el resto. Al menos la borrachera me permitió librarme de desmontar la tienda: mientras mi hermano y mi amigo Jose (los Fernando y Sanmi de antes) quitaban piquetas y hacían mochilas, yo dormía la mona soñando con una escocesa "curvie" que me había besado, vete a saber por qué altruista impulso, en el último bar que recuerdo, a uno de cuyos inodoros estuve abrazado un buen rato, con mis compañeros de excursión buscándome para llevarme de vuelta al camping en un SEAT Panda alquilado. También soñé con otra británica, Debbie, que escribió su nombre en la barra con la pajita de su bebida impregnada en lo que fuera que estuviera bebiendo, y que bajo su minifalda no llevaba nada más que la piel insolada e insolente. Queda bajo secreto de sumario cómo lo supe, aunque adelanto que fue casi accidental y no hubo efectos posteriores, muy a mi pesar.
En esa última noche, pese a lo etílico de mi estado, quedó grabada una canción, contra la desmemoria que acarrea el exceso de alcohol, que sonaba coreada por las hordas angloparlantes, y eran legión.
La canción era "Wake me up" de un dúo inglés, "Wham!", formado por George Michael y otro tío del que pocos solían recordar el nombre (hoy wikipedia les refrescará la memoria, sin duda): Andrew Ridgeley. El primero hizo carrera en solitario, estuvo a punto (dicen por ahí) de sustituir a Freddie Mercury como solista de Queen y hoy ha fallecido por sorpresa, al menos para mí. Una gran voz. Dios, aburrido de ángeles que tocan la lira, está formando una banda de rock este año que se nos va, con Prince, Bowie y Michael alternando de solistas y otros de renombre pero no de relleno. Y para el chill out ha fichado a Cohen. Quiera Él que no haya más fichajes.

domingo, 18 de diciembre de 2016

LOS REYES "VAGOS"

Así les llamo yo desde aquellas navidades de infausto recuerdo. En esos tiempos, cuando no existía el "merchandising" como lo sufrimos hoy, no sería tan sencillo dar gusto a los niños. Siendo entonces tan bueno, aplicado, obediente y merecedor de cualquier objeto en el mercado, me costaba decidir qué obsequios pedir a sus majestades de Oriente y acabé por solicitar un "traje" de baloncesto del Real Madrid, esmerándome en la caligrafía para asegurarme de que unos señores con vista cansada, por sabios que fuesen (no me constaba que farmacéuticos), entenderían mi letra, de por sí bastante legible.  Al despertar la mañana del seis de enero (si es que dormí algo) corrí al salón de casa para buscar mi regalo. La carrera fue corta, porque mi dormitorio estaba separado por una puerta de la habitación en la que los Reyes dejaban sus regalos. Mis hermanas ya estaban abriendo sus paquetes y mi hermano, más remolón, aún se revolvía en la cama. El envoltorio plano no parecía ofrecer dudas sobre el acierto, pero al quitar el papel, que no era de cuando El Corte Inglés firmó el contrato con los magos, mi mundo se vino abajo: la equipación del Madrid de Luyk, Brabender y Vicente Ramos se había convertido en un disfraz... ¡de Daniel Boone! Me lo puse, con su cuerno para la pólvora, sus polainas y su gorro de zorro-conejo (yo llevaba orejas rádar de serie). Al mirarme en el espejo no hubo milagro. Pregunté a mi hermano si el Madrid había fichado a un trampero canadiense durante la última semana, pero él estaba entretenido leyendo las instrucciones del Quimicefa, así que fui a despertar a mis padres, vestido de esa guisa, aguantando las lágrimas. Pese a mi actuación, con sonrisa incluida digna de un óscar (a Bardem se lo dan por poner cara de loco todo el rato y hablar con un gargajo) creo que me notaron el desencanto.


Tras el fiasco de los monarcas (a quienes eufemísticamente llamaban  "sabios") no me hice republicano, aunque le faltó el canto de un duro. Y el Quimicefa de mi hermano no tenía instrucciones sobre cómo crear una bomba fétida para recibir el año siguiente a Melchor y sus secuaces como merecían. De escrache ni hablamos.

Pd.- Hace unos pocos años me compré la camiseta del Madrid en El Corte Inglés, por superar el trauma. La tengo guardada en el armario ropero. Tampoco era para tanto...
Pd 2.- Los malpensados que esperaban una crítica cítrica a los Borbones, que lean la prensa, no este inocente blog.