domingo, 22 de octubre de 2017

DOMINGO: DEPORTE.

Cuando era alumno del Sanjo, "los jesuitas", había un tal Paúl, un tipo guapo y fornido que jugaba al rugby. Era de los mayores, esos a los que recuerdas cuando te vas del colegio. Militaba en el Universitario, allá por los setenta y tantos, y salía en "el Norte de Castilla" los lunes, igual que Chus Landáburu, un palentino de Guardo que jugaba en el Real Valladolid de fútbol y acabó fichando por el Rayo, luego el Barça y después el Atlético de Madrid. José Carlos Muñoz, profesor de educación física, entrenaba al Michelín de balonmano. Gonzalo Cuadrado, otro de "gimnasia", llegó a ser director del INEF en León. Luis Blasco, el de "¿cuánto haces en miiiiiiil?", era entrenador de atletismo. Silvano Bustos, un tío desgarbado y buena persona, jugaba al baloncesto en el Fórum. Félix Tremiño y Edilberto de la Fuente corrían los tresmil obstáculos (tres kilómetros pegando brincos y saltando la ría) y alternaban primer y segundo puesto en campeonatos junior. Alfredo Lahuerta devoraba los ochocientos en minuto cuarenta y ocho. También destacaba Borja, otro centrocampista de quitarse el sombrero, al que admiraba aún más por jugar con mi hermano, Fernando, que era mi ídolo deportivo y de más cosas, muy parecido por velocidad y recursos al Pato Yáñez, solo que en guapo, rubio y con los ojos azules. También practicaba atletismo hasta el cuatrocientos. Hoy sólo le ha cambiado el color del pelo y corre menos porque en el golf hay que andar. 
Mi colegio tenía una colección de profesionales, no había duda. Eran nuestros ídolos aunque quizá no los valorásemos en su justa medida por tenerlos en casa, como suele suceder.  Los conocía a todos, y me sentía orgulloso de compartir patio con ellos, aunque no habilidad deportiva, porque era de los que aprobaban raspado cuando no suspendía la asignatura de EF. Cosas de la vagancia y otras limitaciones. 
Un día alguien me sugirió que me apuntase a rugby. Me dio la risa: un tío enclenque rodeado de gorilas no era mi ideal deportivo. Ya jugaba a fútbol y baloncesto, o mejor dicho, entrenaba, porque en los partidos chupaba banquillo. Pero lo del "oval", como se dice ahora, me quedaba bien grande.
Lo que entonces se me escapaba era lo que ahora entiendo: el rugby era el deporte educativo por excelencia. Tratan al árbitro de usted; acatan sus decisiones públicas -hay un micro que todo el mundo puede escuchar- sin poner pegas y si protestan se ganan una sanción que perjudica a  su equipo. Y lo que es mejor: hacen pasillo al vencedor y celebran el tercer tiempo en el bar. En tiempos de bronca, trampas y malos modos, el rugby es el ejemplo -no sólo para ir a hacerse selfies al estadio, que eso pasa en todos los deportes-. Será por ello que hasta a unos tiarrones de un par de razas que juegan para Nueva Zelanda como si fueran una les han dado el "princesa de Asturias". 
Y a "Les luthiers", por supuesto. Pero estos juegan en otra liga.
PD.- La granadina Alhambra Nievas ha recibido el premio a la mejor árbitro o árbitra internacional de rugby. 
-Aquí no hay cuotas -dice orgullosa, y no es para menos.
Es guapa, muy guapa. Pero ese no es el premio. ¿Es o no educativo el rugby?

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